Hasta hace dos días, quizás menos, todo eran visiones tremendistas y apocalípticas de lo que iba a ser cualquier cosa que sucediera en los próximos 5 minutos. Si hacía sol se pondría a llover, si la huelga de metro estaba prevista para el jueves la cambiarían al martes, el internet dejaría de funcionar (lo cual supondría un tremendo abismo interno para mi ya asimilada adicción diaria) y me tropezaría estampanándome contra el suelo haciendo de mis nuevas gafas de 400 euros una muestra fehaciente de lo que se entiende hoy en día por modernismo. El problema es que a mí no me haría ni puta gracia.
Pero las previsiones eran erróneas. Una entrada en un aula de examen, acojonados, haciendo bromas absurdas al más estilo "puede que fuera más fácil que nos diera un aprobado general" (contra todo pronóstico la gente se reía), para seguirle un poco previsible - "Al menos lo he intentado". Lo admito, me siento cómodo sintiéndome el centro - aunque no lo sea - e incómodo sintiéndome la última mierda - aunque a veces no lo sea. Por un instante entiendes los aplausos del que da un discurso, el tarareo de los fieles que se saben tus canciones, las miradas de los que se derriten por tu cuerpo y hasta las carcajadas no intencionadas de los que tienen ese qué se yo, swing para las relaciones sociales. Salí contento y estaba deseando irme derecha a dormir, pero como bien dice mi madre - soy incapaz de decir no a cualquier plan que me involucre. Siendo así, quedé con ella en sol, calle montera, para dirigirnos al Factory. Yo ya había estado dos veces, así que me pareció correcto que nuestro destino fuera el mismo que antaño. L. tenía claro qué quería hacerse y yo iba en principio como apoyo moral, ni siquiera para sujetarle la mano ni acercarle un pañuelo, las chicas de ahora no pierden el tiempo en lloros absurdos. Qué va, más bien como lazarillo de Tormes, sin Tormes.
Pues bueno... queda decir que no pude controlarme. No tenía necesidad, ni siquiera tenía un apartado de gastos destinado a "locuras sin fundamento" entre mis ingresos de esa semana, pero una vez que entras en el torbellino del sí, ya es imparable.
Al final acordamos, que deberíamos seguir "recorriendo" las calles de tribunal en busca de nuevos sitios, nuevos en cuanto a nunca vistos, pero de toda la vida, de todos, y donde siempre. Lo mejor de todo, es que ella es gallega, y se sabe mejor estas cosas que yo mismo, que me consideraba un gato, hasta ahora.
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